domingo, 28 de agosto de 2011

Mozart: no hay nada que su música no toque


Ilustraciones de Gabriela Podestá


Antonio Valle

A María Teresa Sánchez

Es la música lo que vence al silencio
antes que el logos

María Zambrano

"Dos mil años antes de que los filósofos griegos encontraran la relación entre el sonido y las matemáticas, los chinos ya habían alcanzado la perfección en el arte de la música”, me contestó el oráculo. Ahora sabía que para acercarme a Mozart debería reconocer el augurio del I Ching, entregándome con fervor a esa experiencia. El exagrama Yü, es decir, El entusiasmo,explicaba cómo los antiguos chinos, cuando ofrendaban su música al Dios supremo, invitaban a sus antepasados a que presenciaran el suceso. También decía que la música tenía el poder de “disolver las tensiones del corazón surgidas de la vehemencia de oscuros sentimientos.” Agradeciendo la buenaventura, y apoyado en el espíritu radiante de Mozart, me dispuse a batallar contra una fuerza lúgubre, que además de obligarme a guardar silencio durante años, amenazaba con reventarme el pecho desde que era niño.

Pero esta historia realmente comenzó muchos años antes, cuando en un viejo acetato de Leo Brouwer e Irakereescuché a Paquito de Rivera. El virtuoso clarinetista de La Habana tocaba una interpretación jazzeada del célebre Concierto para clarinete y orquesta en La mayor. Entonces atribuí el maelstrom que me provocó el adagio a una laberintitis crónica. La verdad es que no quise hacerle caso a la emoción, que según Ezra Pound es lo único que subsiste en el arte y, como un positivista conservador, busqué información objetiva de Mozart. Me maravillaban las asombrosas historias de su infancia –Stendhal dice que es la época más sorprendente de su vida. Luego encontré la biografía de Hildesheimer, el más mozartiano de los escritores alemanes, y mientras escuchaba las composiciones que Wolfgang hizo para Haydn y para el clarinetista Anton Stadler, su Sturm und drang –movimiento estético y espiritual precursor de los románticos– comenzó a provocarme una sensación de euforia seguida por un inexplicable abatimiento. Por otra parte, Hildesheimer dejaba en el aire inquietantes preguntas sobre el hijo de las musas. ¿Qué angustia, qué miedo, qué pulsiones reprimía? ¿De verdad su mundo interior era tan hermético e inaccesible? Desde luego no era una coincidencia que, en su agonía, Mozart siguiera los compases de La flauta mágica –que se escenificaba en un teatro popular de Viena–, y que simultáneamente se diera “tiempo” para componer los acordes de su famoso Requiem. En la ópera exploraba un mundo infantil intacto, mientras que en el Requiem abjuraba de una realidad que le había resultado tan insoportable como la música que únicamente por encargo, es decir por hambre, compuso para el clero y para la aristocracia austríaca.

Ante semejante polaridad vital/mortal, era evidente que si no tiraba las paredes defensivas de mis propias estructuras racionales, jamás podría responder a las preguntas de Hildesheimer. Si quería tener un vislumbre del “misterio Mozart”, como decían el oráculo del I Chin y el poeta Novalis, tenía que expulsar todas mis percepciones sensoriales para entregarme por completo a la contemplación. Entre aguafuertes, long plays y biografías, ignoro cuántas imágenes y escenas, cuántas historias reales y ficticias presencié hasta que una tarde, mientras tenía una fiesta privada escuchando uno de sus maravillosos contratiempos tan próximos al jazz, un dolor penetrante en el pecho hizo que perdiera el conocimiento. Intentaba orientarme en medio de un fade sin fondo, cuando comencé a descender por una infinita escala de caracol. Guiado por el contratiempo de Mozart, llegué hasta lo que parecía ser una recámara. Entonces tropecé con un mueble, deslicé mis manos sobre la superficie de una madera laqueada y toqué algo que parecía ser un teclado. Enseguida encontré una superficie vertical sobre la que había una inscripción. Entonces leí –o imaginé– estas palabras: Instrumento para viajar. A través de una ventana, iluminada por una candelita, observé un rostro que me pareció extraordinariamente familiar. Mientras pensaba titular a esa escena como otra “Broma musical”, pieza casi macabra que Mozart compuso después de la muerte de su padre, comencé a luchar por liberarme de esa alucinación. Entonces me di cuenta de que un fino manto de vapor se extendía sobre el cristal de la ventana. Sin duda aquella emanación era el aliento de la mujer que se adhería al vidrio de su vehículo mortal. Decidí abrir la caja que me había separado de aquel ser durante siglos, y aunque la muchacha ya pertenecía al reino de la eternidad, por algo para lo que incluso hoy no tengo una respuesta, aquella joven me pareció encantadora y llena de gracia. Cerré los ojos y volví a abrirlos. Si esa visión no hubiese tenido la suficiente carga de realidad, este informe se parecería a las narraciones apócrifas de Poe, o hubiera creído que el acontecimiento era producto de la pasión mística que me provocan algunos versos de Novalis; “Gloria a la reina del universo… –mi tierna amante, dulce sol de la noche.” También me recordó la imagen The Loving Woman, la famosa Madona que Edvard Munch pintó en 1895. En ese cuadro la sensualidad parece tomar un último respiro antes de comenzar un lento proceso de descomposición, aunque también puede interpretarse a la inversa, como la imagen de la belleza recién arrebatada a la muerte. De cualquier forma, la música de Mozart había despertado una energía insensibilizada en mi espíritu. A partir de ese momento, aquel ser luminoso comenzó a representar un sinfín de suertes acrobáticas frente a mis ojos. Como dice el romántico alemán Ludwig Tieck: “…esas visiones, esos éxtasis… de lo que suele llamarse el más allá, son transfiguraciones de nuestra alma.” Pronto me di cuenta de que esa aparición parecía preferir las piezas que Mozart le compuso a la soprano Nancy Storace, a Constanze y a Theresa Paradise. Mientras la chica se transfiguraba como una fuente luminosa, decidí aventurar algunas conjeturas del artista dionisiaco. A través de algunos apuntes y retratos inspirados en sus fugas y nocturnos redacté unos versos biográficos. Realmente esas reflexiones aparecieron sin que “yo” participara en ello. Si esas líneas tienen algún interés psicológico, pertenecen por completo a la sabiduría del libro de las mutaciones. Tampoco intervine para establecer el génesis de aquella joven cuyas tres dimensiones eran evidentes. Simplemente esa giradora se elevaba desde las profundidades para volver a hundirse en los torrentes musicales de Amadeus. Estoy convencido de que mi querida preceptora, cuyos signos vitales habían descendido hasta parecer inexistentes, siempre había estado dentro de mí. En contraste con la sensación de “escasa realidad” que el héroe Hiperión experimenta con Diotima en la novela de Hölderlin, yo tenía la certeza de que esa muchacha era innegable, y que incluso, había corrido los velos que me impedían ver algunas prohibiciones íntimas.

Decidí investigar más a fondo en torno al Sturm und drang que Mozart experimentó a finales del siglo XVIII. Sus obras de mayor carácter agitaban raudales de sombra y dilatados territorios de oscuridad se veían embestidos por su fuerza espiritual. El hijo de las musas había creado exquisitas dimensiones musicales, arreglos bufos y sagrados que provenían de inaccesibles continentes subterráneos. Años después, decía Rimbaud a propósito de su propio proceso de creación: “Asisto al brotar de mi pensamiento… arranco un acorde con el arco: la sinfonía se agita en las profundidades o aparece de un salto en la escena.” Indudablemente Mozart procedía de manera semejante, y es probable que por la misma razón Novalis estuviera tan seguro de ver lo invisible y de sentir lo insensible.

Me hubiera gustado que estas reflexiones fueran menos ásperas y oscuras, ya que el artista dionisiaco me hizo entender con verdadero júbilo algunos razonamientos matemáticos. Por ejemplo, que el tiempo se hace luz y el ritmo consistencia. En esos elementos se fraguó la materia donde comenzó a respirar mi fantasía religiosa. Ahora que han pasado algunos años de contemplación, esa energía mística ha terminado por brillar en todos los seres animados e inanimados. He llegado a creer que esa danzante revelada no es otra más que la divina Shakti.* Cada vez que escucho Cosi fan tutte (Así hacen todas, 1790), pienso que el hijo de las musas arregló esa ópera para que, tres siglos más tarde, Ella, poseedora de todos los nombres femeninos de la lengua, despertara en lo más oscuro de lo que fue mi corazón silente.

*Shakti. La madre sagrada.
Energía creativa del universo.

No hay nada que su música no toque

Porque no hay nada que su música no toque, ni religión o sueño que la oculte, no canta aquí mi doble, el gemelo que siempre me sonríe bajo una máscara funesta; sino Él, que anuncia el regreso del sueño; cuando el miedo ya disuelto ha tocado eso, lo que no deja mentir al que finge con su sárdana infernal.

“Afina la pluma delicada que reventará a la escollera; afínala para que la sonata en una costilla de la noche se hunda, y que –como un ave milagrosa en la bóveda secreta– recoja todo su poder, para que en los actos más siniestros cante.”

Para qué hacer una víctima de la belleza. Aquellos trozos musicales, como carne dolorosa y afrentada, siempre fueron alimento de la sombra. Como no era lo mismo dormir en la sepultura que despertar adentro, de nada sirvió dejar a la criatura abrevando en el error. Hasta que al fin la mano milagrosa –y un escorzo– la obligó a dejar el sueño infinito.

De la infancia del hijo de las musas

Cuando la música brotaba y regresaba de los espejos. Cuando los órganos simétricos religaban lo sacro con lo atroz, los capuchinos iluminaban con candelas las imágenes de Rafael, esperando a que la iconografía de la Sixtina palpitara, el pequeño Wolfgang hurtó el intocable Miserere de la capilla mística. No era un secreto de los dioses, tampoco un laberinto de cuerdas, de simas y saliva; sólo era una fuente diminuta –una irradiación fiel de su memoria– lo que fue silbando el niño por las calles de la ciudad abierta.

Desenvuélvala con música de Mozart

Llegada de siempre, te irás por todas partes.
Rimbaud

Por los oídos –y hasta en la última arcada de su cuerpo– la penetra una honda cadencia. Le humedece las entrañas, los sueños, las retinas. Como un animal sin vértebras su lengua se unta en mis sentidos. ¿De dónde sale esa voz, de dónde tanto albor de peces, por cuál estela se deslizará el cardumen? El clarinete imanta el paladar de la soprano. Ella jala aire hasta que llena su corpiño. Los labios se abren. El milagro del agua salada en el agua dulce ha comenzado. En esa toma submarina la diva se ha corrido. Alguien vuelve a la sonata para mar y viento, y alguien ya está desvistiendo su pintura preferida.

Suturm und drang: jazz o bye, bye Haydn

El chelo brilla en la raíz del fuego. Franjas azules encarnan en la tráquea de la yegua prodigiosa. La lengua del oboe, que ya ha bebido la señal del clarinete, en la ráfaga que deja el galope del violín, se enciende. Los elegidos en el Glacis escuchan la travesía perfecta. La música se fuga del laberinto irrespirable de Salzburgo, pero en las calles de Praga un sol negro rueda, brilla en la garganta de Theresa Paradaise y en el iris de una gemela de mirada verde. Ahora que se va Haydn ya puede olvidarse todo, excepto el contratiempo de Amadé que a la yegua de la noche encinta.

Del último año en la vida de Mozart

Guardar silencio era virtud de la prima donna. También las llagas que ocultaba para otra lengua, esas pústulas bajo las cenizas albas entre el rouge y el corsé. De esa insania, indiferente y sorda, nació el primer golpe musical de su partitura de veneno. Cuando en la niebla de su mente percibió oteando al cazador diabólico, bebió agua tofana para el dolor de huesos astillados, mientras sus divas y Salieri escuchaban el aria que le enseñó a cantar a su estornino. Fue una lástima que el cucú no sobreviviera; junto al siroco podría haber cantado siguiendo la sinfonía de la muerte, la armonía perfecta que dejó grabada en el mecanismo de un reloj. La última escala la subió a caballo, esperaba que el viejo Bach o las sangrías –que el sauco o el ruibarbo– lavaran su sangre emponzoñada; pero ni el más insondable canto medieval hizo el milagro. Pero Constanze sí que alcanzó el más bajo de los tonos. Desde entonces las asesinas cantan una misa breve y los videntes interpretan un assaidesconcertante. Antes de morir no tuvo arritmia Mozart; no la tuvo cuando vio escribiendo al usurpador, ni siquiera cuando Pamina, la hija liberada de la Reina de la noche, alcanzó la perfección en su aria zigzagueante.

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