domingo, 14 de agosto de 2011

La revolución de los indignados



Foto: Mataparda, bajo licencia de Creative Commons


Majo Siscar

El 24 de julio miles personas volvieron a llenar con su indignación las calles de Madrid. Recibían a las siete comitivas regionales de “indignados que, después de un mes caminando por senderos y carreteras, deteniéndose en cada pueblo a hacer asambleas con sus vecinos, llegaron desde sus respectivos rincones del país. A su paso se han sorprendido de la indignación que recorre la piel de toro, pues la mayoría de los españoles los apoya. Según un sondeo de finales de junio, el ochenta por ciento de la población cree que sus protestas están justificadas. Así, pues, la llamada “revolución de los indignados” sigue viva y con cuerda para rato.

Pero, ¿quiénes son los indignados, de dónde surgen y por qué ahora? Lo repasamos en este suplemento con el poeta Luís García Montero, que estuvo en las plazas de Madrid y Granada, y con el periodista catalán David Fernández, desde Barcelona. Pero hay que aclarar que no responden a ninguna organización en concreto, rehúyen de los partidos, los sindicatos, cualquier sigla. Son miles de jóvenes, y no tan jóvenes, hartos de la corrupción, la poca transparencia gubernamental y la ausencia de una democracia participativa que no sólo no los reconoce ni los representa, sino que privilegia los intereses financieros al bienestar de la gente y reduce sus derechos sociales. “Hemos sido hijos de la comodidad, pero no seremos padres del conformismo”, rezaba una pancarta en la Plaza del Sol de Madrid. Y es que el movimiento lo componen mayoritariamente jóvenes de entre diecinueve y treinta años, esa generación que creció en el Estado del bienestar, que vivió con un buen poder adquisitivo, que acudió masivamente a la universidad, y que cuando salió la atrapó la crisis económica y se dio de bruces con la realidad: sin trabajo, sin casa y sin futuro. Pese a ser la generación mejor educada de la historia de España, un cuarenta por ciento de ellos está desempleado. Y además ven que la Europa de la que les dijeron que eran parte, obligó al gobierno a implementar en mayo de 2010 los mayores ajustes presupuestarios de las últimas décadas, que golpearon directamente las conquistas sociales ganadas por sus padres. Así, pues, el caldo de cultivo de la indignación se venía arrastrando. Sólo faltaba la mecha que lo hiciese hervir. Y esa mecha se prendió a una semana de las elecciones autonómicas. El domingo 15 de mayo, una plataforma poco conocida, llamada Democracia Real Ya, convocó a una manifestación bajo ese lema en cincuenta y seis ciudades del país. Sorpresivamente decenas de miles de españoles salieron a las calles. Pero sorprendería más lo que vino después. Cuarenta manifestantes decidieron quedarse a pasar la noche en Plaza del Sol en Madrid, en señal de protesta por los dieciocho compañeros detenidos por la policía ese día. No avistaban qué conseguirían con eso, pero subieron la convocatoria a las redes sociales. El lunes, unas mil personas participaron en la asamblea; trescientas se quedaron a dormir. En la madrugada, la policía los desalojó, pero en la asamblea de la tarde fueron 10 mil y volvieron a instalar el campamento. Y así fueron creciendo hasta reunirse 28 mil ese mismo viernes. Y la llama ya se había desparramado por toda la península. Barcelona, Valencia, Sevilla, Palma, Zaragoza... así hasta consolidarse 706 acampadas en las plazas de toda España. Y cada una de ellas dio una lección de civismo y dignidad. Se organizaron en comisiones para cocinar, limpiar, atender las guarderías que establecieron para los padres con niños, las bibliotecas, los centros de medios, los huertos urbanos que cultivaron sobre el asfalto... y en asambleas para repensar, proponer y discutir qué cambio querían y cómo se puede lograr. Durante cuatro semanas, 24 horas al día, ejercieron su derecho a reunión en las plazas, se reapropiaron del espacio público y llevaron a cabo un modelo de gestión colectiva ejemplar. Sólo en la Asamblea de Sol se crearon veinticinco comisiones, diez grupos de trabajo y cuarenta y un subgrupos de trabajo que realizaron 12 mil 500 propuestas. Su indignación dio voz a una ciudadanía que asistía inerme a la crisis política y económica, pero sobre todo dinamizaron la esperanza. Bajaron la política a las calles, llevaron el concepto de democracia a la praxis. Sembraron la semilla del cambio en la sociedad, que han visto cómo el mapa de lo posible se amplía. Y ese mapa ahora se extendió a los pueblos, a los barrios, donde los indignados hacen asambleas con sus vecinos desde que el 12 de junio decidieron levantar los campamentos. Han hecho grupos de solidaridad con los trabajadores en las fábricas y con aquellos que van a ser desahuciados por no poder pagar la hipoteca de su casa. De hecho, ya han evitado el desalojo de más de cincuenta familias.

Les han llovido críticas y represión policial, pero su influencia ya permeó en las instituciones. A partir de septiembre el Parlamento hará público el patrimonio y los ingresos de diputados y senadores. El Consejo de Ministros ha limitado el dinero que las entidades financieras pueden reclamar a los hipotecados morosos y el propio candidato del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba –que contenderá el próximo marzo por la presidencia– ha incluido algunas de sus propuestas en su programa electoral, como una reforma electoral más equitativa y una tasa a los bancos para que destinen parte de sus beneficios a la creación de empleos.

Son sólo pequeños avances, porque el neoliberalismo sigue poniéndoles la soga al cuello. Este 24 de julio, como ya hicieron el 19 de junio, los indignados volvieron a protestar contra el Pacto del Euro, un plan de la Unión Europea para que las economías más débiles sigan restringiendo el gasto público e impongan más flexibilidad laboral en detrimento de los trabajadores. Y en el mismo sentido presiona el FMI, pero los indignados españoles no se achicopalan. Ahora, junto a los portugueses, franceses, belgas, ingleses y griegos, han convocado a una movilización a nivel global para el 15 de octubre. Aunque el sistema apriete, la esperanza aún late en las plazas de media Europa.


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