El batracio
“Usted
no es como los demás periodistas”, me dijo el profesor Carlos Jonguitud
Barrios, en abril de 1988, la única vez que hablé con él. Faltaba un
año para que Carlos Salinas de Gortari y su operador favorito, Manuel
Camacho Solís, lo obligaran a entregar la dirección del Sindicato
Nacional de Trabajadores de la Educación a Elba Esther Gordillo Morales.
Cuando lo entrevisté, yo trabajaba para Proceso y me invitó a
acompañarlo a una gira por la huasteca potosina, que culminó con un
banquete para mil personas en un paraje de ensueño. Recuerdo el menú:
vainas de colorín en salsa de tomate con huevos revueltos; postas de
catán (así llaman a los pejelagartos en el norte del Golfo de México) y
de postre, galletas de harina, manteca y azúcar, mejor conocidas allá
como masas.
“Me dio gusto ver a un líder de masas comiendo masas con tanto apetito”,
le dije cuando iniciamos la conversación dentro de su veloz camioneta,
que se dirigía, por senderos de brecha, a la pista donde lo esperaba su
jet particular. Y fue cuando me respondió lo que acabo de escribir en la
primera línea de esta columna.
Cuentan que el 22 de septiembre de 1972, apoyado por el presidente Luis
Echeverría, Jonguitud, entonces de 48 años, tomó las oficinas del SNTE a
la cabeza de 30 hombres armados, y nombró líder interino a su
achichincle, Eloy Benavides, y desconoció al secretario general, Carlos
Olmos, que no era sino un instrumento de dos viejos caciques, Manuel
Sánchez Vite y Jesús Robles Martínez, enemigos feroces de Echeverría.
Jonguitud tomó posesión del SNTE en enero de 1974 y lo mantuvo hasta
abril de 1989, cuando su discípula más aventajada, que había sido
también su fogosa amante, lo traicionó y lo derrocó por órdenes de
Salinas.
En
ese momento, Elba era una serpiente de 45 años, que no se tocaba el
corazón para matar a sus adversarios (como el profesor Misael Núñez
Sánchez, de cuya muerte fue señalada como autora intelectual, y éste es
quizá el único trabajo intelectual que se le reconoce), pero en 1989, al
sentarse en el trono del sindicato más grande de América Latina, dijo
para la posteridad: “No permitiremos que el SNTE sea botín de nadie.
Nunca más habrá reelección. Nuestros estatutos no lo permiten”.
El
batracio en que la edad y las cirugías plásticas la transformaron, se
adueñó del SNTE –formidable mecanismo de acumular dinero en cantidades
estratosféricas--, y como todos los políticos mexicanos que han llegado
al poder bajo las banderas de la No Reelección, se reeligió
sistemáticamente, durante más de 20 años, estableciendo un reinado de
abril de 1989 a febrero de 2013.
No
debemos perder de vista que quien forzó a Jonguitud a dejar el SNTE y
designó a Gordillo, es la misma persona que la encarceló hace unos días:
Carlos Salinas de Gortari, presidente vitalicio de México por la gracia
del FMI desde 1982.
En
1988, cuando la rebelión contra el PRI y contra el neoliberalismo,
acaudillada por Cuauhtémoc Cárdenas cimbró al país en las elecciones
presidenciales del 6 de julio, Jonguitud incumplió con la cuota de votos
asignada al SNTE y no evitó que sus opositores, agrupados en la
Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE),
contribuyeran significativamente a la victoria de Cárdenas.
Con Gordillo al frente de un sindicato que junto con la iglesia católica
y Televisa embrutece, controla y manipula el cerebro de decenas de
millones de mexicanos pobres, en las elecciones intermedias de 1991,
Salinas barrió de la Cámara de Diputados a la oposición cardenistas para
consolidarse como el dictador invisible que aún nos gobierna desde las
tinieblas.
Salinas –lo demostré en mi libro AMLO: Vida privada de un hombre público
(páginas 106 y 107) Grijalbo-- no mató a Colosio. Este fue suprimido
por José Córdoba Montoya para entregarle la Presidencia a Ernesto
Zedillo.
De
la guerra que estalló entre Zedillo y Salinas, tras las elecciones de
1994, nació la crisis económica que volvió a hundir a México en 1995.
De
modo que durante el sexenio de Zedillo, exiliado en Irlanda y en Cuba, y
con su hermano Raúl en la cárcel, Salinas estuvo a punto de perder el
poder, pero sus múltiples aliados internos –Elba Esther entre ellos--
obligaron a Zedillo a devolvérselo, esto es, respetar el pacto que el
PRI y el PAN habían sellado en 1988.
Para evitar un estallido social provocado por el fraude que despojó de
su triunfo a Cárdenas en el 88, PRI y PAN acordaron reconocer a Salinas
como presidente, y éste se comprometió ante Carlos Castillo Peraza,
Felipe Calderón y Diego Fernández de Cevallos, a entregarle el poder al
PAN en el año 2000 y por dos períodos de gobierno, hasta 2012.
Cuando Zedillo se fue a Estados Unidos a trabajar como empleado de los
ferrocarriles mexicanos que había vendido a sus nuevos patrones, Vicente
Fox empezó a “gobernar” (es un decir) como un títere de guante dentro
del cual se movían, para la toma de decisiones estratégicas, los dedos
de Salinas.
Estos, previa desinfección, a partir de diciembre de 2006, se
introdujeron en el recto de Calderón para manejarlo también a su antojo.
La mediocridad, la incompetencia y la vileza del tercer pelele de
Salinas (el primero había sido De la Madrid) facilitaron el avance de la
privatización gradual de Pemex y de la energía eléctrica, en medio de
un baño de sangre que contribuyó al retorno del PRI a Los Pinos (de
donde nunca se fue en realidad) ahora con Peña Nieto como muñeco de
ventrílocuo.
El
golpe contra Elba Esther es una jubilación (a la maestra ya no le sube
el agua al tinaco, está enferma y exhausta), pero también un secuestro:
cuando entregue todas las cuotas de poder que le exige Salinas (no
olvidemos que Gordillo controla al menos a 20 secretarios de educación
de los gobiernos de los estados y muchos gobernadores le deben el
puesto) descansará en paz.
Pero como bien lo ha advertido y reiterado López Obrador todos estos
días, esta cortina de humo no debe distraernos de lo que realmente
importa: las terribles medidas que pasado mañana, lunes 4 de marzo,
anunciará el PRI durante la fiesta de su cumpleaños número 84: el
partido “apoyará” las propuestas “de” Peña Nieto para subir el IVA de 16
a 19 por ciento y extenderá ese gravamen a los alimentos y las
medicinas. ¿
De
este modo, el gobierno tomará el dinero del único impuesto que todos
pagamos a fuerzas y tratará de cubrir en parte los gastos que
actualmente paga con las ganancias de Pemex. Pero ahí no termina la
cosa, pues al aumentar el hambre, el dolor y la desesperación de decenas
de millones de pobres, Salinas mantendrá abiertas las puertas del
crimen organizado, que es al mismo tiempo una fuente de supervivencia y
de mortandad, para regular el crecimiento de lapoblación.
Tal es el proyecto que nos tiene reservado Salinas para su sexto
sexenio: el monopolio estatal del petróleo será privatizado y la
industria del narcotráfico, hoy en manos de magnates no menos inmorales
que Azcárraga o Slim, será una paraestatal si el gobierno logra que el
Chapo se alíe con sus principales competidores y forme un monopolio.
Gracias a Luis Enrique Ramírez y a mis compañeros de Fuentes Fidedignas
por recibirme de nuevo aquí, donde hoy publico la entrega número 492 de
esta columna, nacida en julio de 2002, y que hasta mayo de 2012 apareció
sábado a sábado en un tabloide capitalino, ahora por desgracia
estrechamente vinculado al salinismo. Nos vemos en ocho días, pero entre
tanto estaré en Twitter, en la cuenta @Desfiladero132, por si ocupan.
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