domingo, 16 de diciembre de 2012

Huapango, bandas y otras músicas...


La música por excelencia, con la cual se identifica a la Huasteca es el huapango o son huasteco. Los sones que gozan de mayor popularidad entre la gente son El Querreque y Las tres Huastecas, por mencionar solamente algunos. Actualmente hay un intenso proceso de revitalización de esta música, ya que desde hace más de 20 años, diversos promotores culturales se han dado a la tarea de organizar encuentros de huapango y crear talleres de enseñanza de violín, jarana y guitarra quinta huapanguera (instrumentos de cuerda que se requieren para la ejecución del huapango).
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Actualmente hay una gran cantidad de tríos de niños y jóvenes huapangueros. Durante todo el año hay un intenso calendario de Encuentros de Huapango, donde se dan cita investigadores, músicos, bailarines y promotores que disfrutan esta música. Una de las fiestas más conocidas es La Fiesta Anual del Huapango. Encuentro de las Huastecas, que se realiza en Amatlán, Naranjos, Veracruz; la cual el mes pasado llegó a su emisión número 23.
El gusto por el son huasteco transgrede fronteras y va más allá de su región. La migración ha jugado un papel fundamental para diseminar la semilla del son. Además de los estados que conforman la Huasteca: Hidalgo, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, Tamaulipas y Veracruz; los que cuentan también con la presencia de importantes tríos huapangueros son el Estado de México, Colima, Guanajuato y Distrito Federal.
Cuando se piensa en música de la Huasteca, automáticamente se hace referencia al huapango, sin embargo es importante señalar que existe una gran diversidad de músicas, una de ellas, y que también cuenta con un gran auge dentro de la región, es lo que a mí me gusta llamar la música de la “monumental banda de viento”, que, como su nombre lo dice, está formada principalmente por instrumentos de aliento. Una banda está conformada aproximadamente por 13 integrantes y los instrumentos que utiliza son la trompeta, el bajo, el bombardino, el barítono, el trombón, el saxor, la tambora, la tarola y los platillos, y cada vez es más común ver que las bandas usan tuba. Los estados que tienen mayor número de bandas son San Luis Potosí, Hidalgo y Veracruz. Si uno recorre la carretera que va desde Tamazunchale, San Luis Potosí, rumbo a San Felipe Orizatlán, pasando por Huejutla y Atlapexco, Hidalgo, hasta llegar al municipio de Benito Juárez, Veracruz, se dará cuenta de que está plagada de letreros con los nombres de las bandas.
Dentro de su repertorio interpretan sones para el ritual de elotes, canarios, música para bodas indígenas, sones de carnaval, sones para difuntos y huapangos. Entre los eventos que más destacan está el Concurso de Bandas de Viento, que se lleva a cabo año con año en Calnali, Hidalgo. Para algunos promotores culturales les resulta polémico este concurso, y por ello que se han dado a la tarea de crear como alternativa los encuentros de bandas.
El sentido de pertenencia de la tierra y la relación con el medio ambiente es muy importante para la gente que habita en la Huasteca; el solar, la milpa, el cerro, el pozo, el río, etcétera, son parte fundamental de lo que forma la identidad del huasteco y muchas de sus músicas giran en torno a los rituales agrícolas. Los duetos integrados con violín y guitarra quinta huapanguera, la música de arpa y rabel, las flautas, los tambores, los caparazones de tortuga y las sonajas que usan los danzantes son parte esencial de la gran diversidad de la música que hay en esta hermosa región. Desafortunadamente las prácticas rituales han disminuido, por diversos motivos que ahora no enumeraré, y ello trae como consecuencia que también las practicas musicales vayan en detrimento, ya que la ejecución de esta música cobra sentido solamente dentro de este contexto, son músicas que rompen con los esquemas de la comercialización y cumplen una función dentro de la comunidad.

El arpa, mitos y sueños
María Eugenia Jurado Barranco* y Camilo Raxá Camacho Jurado**  *IPN **ENM-UNAM

FOTO: María Eugenia Jurado Barranco
Iba cayendo la tarde y con ella la niebla se volvía más densa, por lo que apenas podíamos percibir los movimientos de los danzantes. Patricio, músico nahua, colocó candelas con el fin de que se pudiera apreciar la danza de Moctezuma. Todo ello, junto con la atmósfera sonora que conformaba la música cíclica compuesta por el arpa, la media jarana y las sonajas dejaba aflorar las emociones de las personas de la comunidad.
Uno de los cronistas de la conquista de México, Bernal Díaz del Castillo, narra que a bordo de un barco que dirigía Alonso Álvarez de Pineda, venía un músico de origen valenciano llamado maese Pedro el del arpa, quien más tarde, junto con Benito Bejel, pedía al cabildo que le concediera un sitio para abrir una escuela de danza. Quizá esto fue el inicio de la difusión del instrumento, ya que para 1767, Carlos Tapia Zenteno refiere que entre los huastecos se utiliza el término ajab para designar al arpa y otros instrumentos de cuerda.
Teenek, nahuas y totonacos siguen utilizando la música de arpa para realizar sus ritos en las milpas, las cuevas, los arroyos, los montes, los altares domésticos y las iglesias, siempre con el fin de pedir o agradecer por una abundante cosecha de maíz, por la salud o para que sus seres queridos encuentren trabajo que les brinde un poco de lo que tanto necesitan. Para estos pueblos indígenas, la música se asocia con el maíz y se considera un aire bondadoso que viene del oriente, por lo que, al iniciar la danza se pide prestada a las deidades mirando hacia ese rumbo. Sus mitos y sueños están ligados con estas creencias. Por ejemplo, para Domingo Santiago Martínez, arpista teenek, Tsacam es el niño maíz, es el arpa pequeña que vive en el oriente. Y narra que “Dhipaak (el alma del maíz) era un niño muy juguetón, listo, y molestaba mucho a la gente con el ruido de sus silbidos y su flauta”. Mientras que Domingo Hernández Azuara, músico nahua, comenta que “el elote es un niño que toca mucho el rabel (…) Ése sí toca, el alma del maíz toca todo bien bonito”. Entre los totonacos se considera que el niño maíz es quien construye los instrumentos musicales y enseña a su madre la forma de hacer el Costumbre.
Estos pueblos indígenas también comparten creencias sobre las formas de transmitir los conocimientos musicales, una es a por medio de los sueños. Bernardo Reyes, arpista teenek, decía que: “Yo toco arpa porque muchas veces en los sueños fui hasta donde está el espíritu de la danza, está por acá, por el oriente (…) en el mar”. Mientras que el arpista nahua Hilario Martínez comentaba: “En las noches, cuando uno está dormido, como que sueña y se oye la música (…) Ahora, cuando empecé a tocar el arpa soñé a un señor (…) Me dijo, el arpa no la quiso recibir el señor (…) te la vas a llevar”. Para los totonacos la música es un don sagrado, es un destino que se debe cumplir.
En general, teenek, nahuas y totonacos comparten una cosmovisión de la música y de las concepciones del arpa en particular al circunscribir su uso al ámbito ritual relacionado con el cultivo de la gramínea sagrada: el maíz. Por ello, podemos afirmar que el son huasteco da identidad a todos los grupos de la región, pero los sones de Costumbre, en este caso interpretados con arpa, brindan identidad a los pueblos indígenas de la Huasteca.
De domingo a domingo, cielito lindo…
Gonzalo Camacho Díaz Etnomusicología, Escuela Nacional de Música

Alejandro Peña Hernández ejecutando una huapanguera
FOTO: Gonzalo Camacho Díaz
El sol cae inclemente sobre el mercado dominical de Huejutla, atizando el caldero en que se han convertido las calles de este municipio de la Huasteca, donde hierve el gentío que trajina en busca de un producto que comprar o vender. Por ser domingo, las calles se visten de frutas, verduras, pescado seco, morrales de ixtle, flores, frijol, totomoxtle, catervas de maíz, ollas de barro, arreos para los caballos, huaraches de plástico, entre otros indumentos multicolores. Los camarones tendidos sobre las hojas de higuera, todavía vivos, se pasan de un montón a otro sin importar el precio ya dado a cada pila, como si quisieran bromear por última vez antes de acabar en un picoso chilpachole.
Las cervecerías se encuentran abiertas desde las diez de la mañana esperando a los primeros vendedores y compradores, quienes sudosos y sedientos buscan en estos pequeños locales un refugio para guarecerse del calor y del ajetreo de las transacciones comerciales. Los músicos merodean por estos lares desde temprana hora armados con su violín, jarana o huapanguera, buscando a los compañeros que por ese día formarán el trío que les posibilitará espantar el hambre a sus familias. Así, van marchando innumerables nombres de tríos que sólo tienen existencia ese domingo: Alegría Huasteca, Jilgueros de la Huasteca, Amanecer Huasteco, Cantores de la Huasteca... Nunca falta el comerciante que acabando de vender algunas cabezas de ganado llegue con los amigos invitando cervezas a diestra y siniestra. Inmediatamente les pide a los músicos que le “echen” algunos sones: El perdiguero, La acamaya, La leva, El huerfanito, La Cecilia, La manta y otros sones que van desfilando por las mesas de lámina oxidada al igual que las botellas.
Los huapangueros hacen gala de sus dotes de músicos y de su ingenio para trovar versos. Los dedos endurecidos por el trabajo de la milpa se mueven increíblemente ágiles sobre el diapasón de los instrumentos, como si el contacto con la tierra les diera una vida propia, una energía nueva. El canto en falsete erige la hermosa crestería del huapango, sonidos cristalinos que conmueven al corazón más duro. Los huapangueros improvisan trovos para el mercante que los ha contratado, haciendo resaltar su generosidad, su galanura, su logros monetarios y amorosos. El rostro de beneplácito del comerciante exitoso que tiene dinero a montón/y contenta a su mujer, augura la continuidad en las rondas de cervezas.
La tensión que se vive en las cervecerías al saber que en cualquier momento y por el más mínimo pretexto se puede desatar una riña va dando paso a una emocionalidad desbordada, a los gritos de alegría, a los zapateados y mudanzas que los hombres realizan con mujeres imaginarias, a la construcción de un tiempo y un espacio de disfrute que contrasta fuertemente con la vida cotidiana, aquella que se quedó suspendida tras las puertas de bandera roídas por la humedad. El trío se convierte en la voz del contratante, los versos lo describen al menos como a él le gustaría ser, delinean increíblemente su propia fantasía. A la manera de un pequeño potlach, ese ritual dispendioso, el comerciante va “quemando” su dinero a cambio de obtener prestigio social. Hay un intercambio de dones: las cervezas y el poco dinero circulan por un lado y los huapangos por el otro. La efervescencia de este momento da la posibilidad, aunque mínima, de soportar otra semana de arduo trabajo, de explotación intensiva. Cuándo será domingo/cielito lindo para volver.
San Luis Potosí
El vinuete: música que acompaña
el camino de los muertos

Lizette Alegre González Etnomusicóloga / Escuela Nacional de Música, UNAM

FOTO: Clemente Cruz
Entre la música que practican los nahuas de la Huasteca Potosina se encuentran los vinuetes, género musical relacionado con el culto a la muerte debido a que se toca durante las ceremonias de Velación de Cruz, Xantolo y Angelitos. La dotación instrumental que este género emplea es el denominado trío huasteco, el cual se integra con violín, jarana y huapanguera. Se dice que esta música es sagrada y que tiene un carácter triste, pues es con la que se da el último adiós a los muertitos.
Para una persona ajena a la cultura, el carácter de tristeza que se le atribuye al vinuete puede resultar desconcertante si únicamente atiende a sus características sonoras (la mayoría de las piezas son muy similares a la polka). Sin embargo, Maurilio Hernández, músico nahua de la comunidad de Chilocuil, en el municipio de Tamazunchale, explica: “Son tan tristes que hasta parece que hablan”.
Los nahuas de la Huasteca Potosina dicen que las personas al morir se transforman en entidades sagradas que pueden causar bienestar o daño a un individuo, una familia o una comunidad entera. En algunos casos se les concibe como “vientos” que son capaces de destruir las milpas o traer enfermedades, pero también de acarrear las nubes que transportan el agua tan necesaria para los cultivos. En otros casos, los muertos se manifiestan por medio de su “sombra”, a la cual también se le atribuye la capacidad de provocar la bonanza o desgracia ocurrida a los seres humanos. Así, la relación “hombres-difuntos” se constituye como un referente con base en el cual se interpretan la fatalidad o la fortuna. De la conducta de los vivos hacia los muertos depende que éstos les causen daño o actúen como intermediarios para el buen curso de la producción agrícola y de la salud.
Decimas
I. LA POTOSINA
De Tamasopo cascada
en la Sierra Potosina
agua de luz cristalina
del paraíso arrancada
tierra abundante y sagrada
del Tamazunchale nahua
la mujer porta su enagua
el varón con la carnaza
de cuera pinta la traza
que en la huasteca se fragua

II. EL SON HUASTECO
Es la quinta huapanguera
y la jarana huasteca
con olor de carne seca
que rodea la madera
bailando la pieza entera
en zapateado festín
con la pauta del violín
se acata el compás ternario
desgranado en un rosario
asienta fuerte el botín

III. LAS CUATRO HUASTECAS
Miro la verde huasteca
de Veracruz, potosina,
la hidalguense, y la vecina
huasteca tamaulipeca,
Mi querencia de amor peca
de excedida exaltación
es por sentir la pasión
y al amor gratificante
de una tierra abundante
de canto, zapateo y son

IV. LA TAMAULIPECA
Riqueza del son huasteco
cantado de seis por ocho
con los guisos de sancocho
colgando en la cuera el fleco
Falsete tamaulipeco
como lamento anhelante
Tampico, Altamira, El Mante
Llera, Madero y Ocampo
el zapateado de rango
agudo violín punzante

Mario Aguirre
Uno de los mecanismos para asegurar y fortalecer la adecuada relación entre los hombres y los difuntos lo constituyen los rituales de Velación de Cruz, Angelitos y Xantolo, y la música de vinuetes es un elemento fundamental en la comunicación con lo sagrado.
Dicen que cuando alguien muere su “sombra” permanece entre los vivos sin percatarse de su muerte. Esta presencia puede ser nociva, por lo que el ritual de Velación de Cruz se realiza con la finalidad de hacerle saber al muerto que ya ha perecido e incorporar su sombra al mundo, pero desde una condición de existencia diferente: la de difunto. La ceremonia de Angelitos está conformada básicamente por la velación y el entierro de un niño fallecido. Recibe su nombre a partir de la consideración de que los pequeños que mueren antes de haber aprendido a hablar son “angelitos”, ya que no han cometido pecado alguno por voluntad propia. Como ocurre con las personas mayores, su sombra permanece entre los vivos inconsciente de su muerte y es mediante el ritual que se le da a conocer su fallecimiento; de no llevarlo a cabo rehusará irse.
El término Xantolo deriva de la palabra latina Sactorum que significa “Todos Santos”. Los habitantes de Chilocuil afirman que durante la fiesta de Xantolo los muertos regresan al mundo de los vivos, por lo que hay que recibirlos con respeto para evitar que se enojen y provoquen calamidades. Los vinuetes acompañan todos los actos que se realizan en las ceremonias de Velanción de Cruz y Angelitos. En la época de Xantolo, los músicos se organizan para ir a “echar” vinuetes de casa en casa, donde los anfitriones los reciben con agradecimiento. La música genera un estado de tristeza, pues la gente recuerda el día en que despidieron con ella a sus difuntos.
En conjunto, los rituales de Angelitos, Velación de Cruz y Xantolo expresan la manera en que la gente de Chilocuil interpreta la muerte. Los primeros representan el acto mediante el cual los seres humanos se despiden de la persona fallecida y, al mismo tiempo, inauguran una relación entre los vivos y el difunto, quien transfigurado en entidad sagrada emprende el camino de la vida a la muerte. Dicha relación se renueva cada año durante la fiesta de Xantolo en la que los muertos regresan a la vida.
Detrás de la necesidad de despedir a los difuntos, de asegurar que su sombra se vaya definitivamente, hay una estrategia de asimilación de un evento tan funesto como es el fallecimiento de un ser querido. En este sentido, los rituales de Angelitos y Velación de Cruz cumplen una función de duelo: los actos encaminados a persuadir al muerto para que acepte su nueva condición son también una manera mediante la cual los que le sobreviven aceptan su muerte. La música de los vinuetesintensifica las emociones, coadyuvando así a la producción de estados catárticos que favorecen la restauración del equilibrio psicológico alterado por el dolor que implica la pérdida de un ser querido. Pero, como bien dice el señor Felipe Hernández, curandero de la comunidad de Chilocuil, aunque la pena disminuye nunca desaparece por completo. Por tal razón, cada año durante el Xantolo, época en la que los muertos regresan, hay una nueva oportunidad de liberar el dolor mediante la catarsis generada por los vinuetesque hace a la gente recordar a los familiares y brindarles esta música “como si fuera su cumpleaños”, dicen.
Con el transcurso del tiempo, los difuntos sufren otra transformación que les otorga una nueva condición ontológica: se convierten en ancestros, es decir, pasan de muertos particulares a colectivos, seres benefactores de la comunidad, mediante su intervención con los Señores de la tierra, para favorecer las cosechas. De acuerdo con la gente, los vinuetes se han interpretado desde tiempos inmemoriables, “son de las antiguas”, de modo que esta música ha sido testigo de la metamorfosis de los ancestros, acompañando su regreso cíclico e infinito: el camino de los muertos, de Velación de Cruz y Angelitos a Xantolo, y la rememoración anual de éste, se traza musicalmente. 

Aideé Balderas Medina Conaculta

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